Lectio Divina

22 octubre 2017

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22 octubre 2017

Den a Dios lo que es de Dios Vigésimo noveno domingo en Tiempo Ordinario

Reading from Mateo 22:15–22

La pregunta sobre los impuestos

(Mc 12.13-17; Lc 20.20-26)

15Después de esto, los fariseos fueron y se pusieron de acuerdo para hacerle decir a Jesús algo que les diera motivo para acusarlo.16Así que mandaron a algunos de sus partidarios, junto con otros del partido de Herodes, a decirle:

—Maestro, sabemos que tú dices la verdad, y que enseñas de veras el camino de Dios, sin dejarte llevar por lo que diga la gente, porque no hablas para darles gusto.17Danos, pues, tu opinión: ¿Está bien que paguemos impuestos al emperador romano, o no?

18Jesús, dándose cuenta de la mala intención que llevaban, les dijo:

—Hipócritas, ¿por qué me tienden trampas?19Enséñenme la moneda con que se paga el impuesto.

Le trajeron un denario,20y Jesús les preguntó:

—¿De quién es ésta cara y el nombre que aquí está escrito?

21Le contestaron:

—Del emperador.

Jesús les dijo entonces:

—Pues den al emperador lo que es del emperador, y a Dios lo que es de Dios.

22Cuando oyeron esto, se quedaron admirados; y dejándolo, se fueron.

Otras lecturas:

Isaías 45:1, 4-6, 1 Tesalonicenses 1:1-5b

Lectura

La política y la religión hacen alianzas extraños. Dos grupos extrañamente aliados llegan al escenario para desafiar a Jesús con una pregunta difícil. Los herodianos y los fariseos comparten la fe en el Dios de los judíos y ambos quieren autonomía para su pueblo, pero allí se separaron. Los fariseos, los más religiosos, esperaban al Mesías para restaurar una teocracia en Israel. Los herodianos, los más seculares y pragmáticos, querían autonomía para establecer a un miembro de la dinastía herodiana en el trono. Al momento del encuentro con Jesús, algunos herodianos posiblemente pensaron en Herodes como el Mesías. Ellos apoyarían a Roma si Roma continuara apoyando a su rey judío.

Juntos se acercaron a Jesús con una pregunta que se le presentaba a él en un foro público. Ellos comenzaron con halago, después le preguntan a Jesús acerca de su opinión sobre el impuesto de «cabeza» asesado por los jefes supremos romanos. Este impuesto mandatorio iguala al sueldo diario, un denario por cada hombre, mujer y niño entre las edades de 12 a 65. Fue el precio pagado por estar sujeto al reino y autoridad romano. Probablemente esperan que Jesús se confunda por su halago. Ellos reconocen que él está calificado para explicarles la Torá y esperan que no descubra la intención verdadera.

Ninguna pregunta hecha en público es neutral en la cultura mediterránea antigua. Las preguntas son desafíos y una respuesta incorrecta significa el honor perdido y la vergüenza pública. Esto nos ayuda a entender por qué en los Evangelios muchas veces Jesús responde a las preguntas públicas con una pregunta propia. Él les devuelve los argumentos a sus oponentes y los pone a la defensiva. Aquí viene la reversión cuando Jesús pide a los dos partidos que muestren un denario romano, la moneda que se usa para pagar el impuesto. Jesús se sorprende cuando alguien encuentra la moneda con tanta rapidez y hace un comentario en voz alta sobre la imagen idólatra de Tiberio en un lado de la moneda y la inscripción de blasfemia al otro lado que declara que Tiberio es divino.

Ningún fariseo poseería esta moneda. En realidad, ellos habían concebido un método para pagar el impuesto sin tener que tocar, mucho menos poseer, las monedas idólatras. Tenía que ser un herodiano que llevó esta moneda al Monte del Templo. Los herodianos no se preocuparían de cambiar un denario por las monedas aceptadas para el uso en la tesorería del templo. No era probable que hicieran una contribución de todos modos.

Jesús gana este desafío decisivamente. Sus críticos son silenciados y las multitudes están asombradas. Él devuelve la moneda a su dueño herodiano original. Den a César lo que le pertenece. Entonces, sí, debemos pagar el impuesto de cabeza romano. Después se dirige a los fariseos y los desafía a dar a Dios lo que pertenece a Dios. Con énfasis declara que ellos no están cumpliendo con su tarea a la vista del Padre y que ellos deben avergonzarse por su asociación con los herodianos.

Meditación

Dos palabras —verdad e hipócrita— saltan de la página mientras leemos y reflexionamos sobre este pasaje del Evangelio. La primera es usada por los fariseos y herodianos para halagar a Jesús (versículo 16). Tratan de hacerle bajar la guardia y también quieren hacer más efectivo su desafío recordándole de su propia reputación —no se atreven suavizar la verdad para hacer feliz a sus oyentes. No saben a quién enfrentan.

Jesús es consciente de su malicia y los llama un grupo de hipócritas. ¿Por qué Jesús utiliza esta palabra? Hipócrita es la palabra griega para los actores en un escenario. Todos los personajes en un teatro greco-romano fueron hombres que se escondían detrás de máscaras. Solo pretendían ser alguien distinto de ellos mismos. Lanzaron sus voces para que pudieran ser hombres, mujeres, niños, incluso animales que hablaban en la obra. No se podía confiar en los actores de un escenario.

Nos sirve bien meditar sobre cómo estas palabras se relacionan a nuestra fe. ¿Somos personas de verdad o una imitación falsa? ¿Somos hipócritas, los actores en un escenario haciendo todos los movimientos de nuestra fe, pero sin convicción? ¿Estamos más preocupados por las opiniones de otros o se nos conoce por ser personas de verdad?

Oración

San Pablo enseña que la obra de cada creyente será probada con fuego al final de la historia. En 1 Corintios 3:12–15, Pablo escribe que nuestras buenas obras se verán por lo que son, claramente en el día del juicio, reveladas con fuego ese día. El fuego probará la calidad de la obra de cada persona. ¿Estamos listos para esa prueba? ¿Podemos aguantar el calor del fuego?

Señor concédeme poder vivir una vida digna de tu nombre. Que pueda aguantar la prueba de las obras que hago cuando esas obras pasen por el fuego. Ayúdame a construir mi vida sobre el fundamento verdadero de la fe y hacerlo con los materiales que puedan sobrellevar la prueba final. Dame la sabiduría para saber construir con oro, plata y piedras preciosas para que mi vida se dé en honor de ti y tu iglesia.

Contemplación

«Den a Dios lo que es de Dios». Cuando Jesús les dice esto a los fariseos no está hablando acerca del dinero. Se dirige a estos fariseos, los autoproclamados líderes religiosos en Jerusalén, con el propósito de provocarlos a tener una relación verdadera con Dios, animando su servicio fiel, y no estéril; al pueblo y a Dios en el templo. Él espera poco de los herodianos, pero mucho más de los fariseos. Ellos deben saber más que los herodianos.

¿Qué de ti y de mí? ¿Entregamos nuestra vida a Dios? ¿Debemos volver a dársela a Dios? Si es así, ¿cómo podemos hacerlo? Quizá significaría volver a los sacramentos y a una devoción más profunda al Señor. Podría significar profundizar nuestra relación con Dios por medio de la oración y una asistencia consistente los domingos en la iglesia. Podría significar algún servicio a los pobres u otro paso en «el camino de Dios». Pídele al Señor que te muestre y él Señor te revelará el próximo paso para entregar nuevamente tu vida a Dios —quien es, después de todo, la fuente de nuestra vida y nuestro hogar eterno.

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