Estudiaba en la universidad y era muy joven todavía. Mi esposo y yo queríamos graduarnos y luego incrementar la familia, pero una cosa piensa el ser humano y otra Dios, quien siempre sabe lo que es mejor para nosotros.

Después de varios días de sentirme mal fui al médico y luego de un rápido reconocimiento me dio la buena noticia: «vas a ser madre». Mi cara de sorpresa asombró al doctor. «Está seguro?» fue todo lo que pregunté. Y sonriente me respondió, «muy seguro».

¡Iba a ser madre! Nunca imaginé la dicha que se siente ante una noticia como esa. ¡Una buena nueva como esa había que celebrarla!

Porque contigo está el manantial de la vida;
en tu luz veremos la luz (Salmos 36:9).

A partir de ese momento mi vida tuvo un nuevo sentido. La idea de convertirme en madre hizo que mirase la vida de una forma diferente. Le di gracias a Dios por la dicha de convertirme en madre y aunque al principio pensé que no estaba lista luego me di cuenta de que Dios nunca da algo para lo cual no nos prepara adecuadamente.

Le pedí a Dios ser una madre amorosa, paciente y preocupada y, sobre todo, que me guiase para enseñarle a mi hijo los pasos correctos en la vida desde sus primeros días en el mundo; educar a los hijos bajo la Palabra de Dios es la única forma de asegurar hombres de bien para el futuro.

Tus ojos vieron mi embrión,
y en tu libro se escribieron todos
los días que me fueron dados,
cuando no existía ni uno solo de ellos (Salmos 139:16).

Un hijo trae la alegría a la casa porque es una nueva vida que llega al mundo. Al tener a mi hijo supe que Dios me preparó para esa bendición. Es importante confiarle nuestra vida a Dios porque una conducta cristiana es el mejor ejemplo que les damos a los hijos. Cada paso que les enseñemos debe ser guiado por nuestro Señor.

«Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre
Y no desprecies la dirección de tu madre» (Proverbios 1:8).

Mi hijo es mi alegría y una gran bendición en nuestro hogar. Es mi guía y consejero desde mi llegada a este país; un padre de familia responsable y un seguidor de Cristo, su fe en Jesús es profunda y sólida, tal como yo se lo pedí a Dios cuando solo era una criatura en formación en mi vientre.

Los hijos son un regalo del Señor;
los frutos del vientre son nuestra recompense.
Los hijos que no nacen en nuestra juventud
son como flechas en manos de un guerrero (Salmos 127:3-4).

Una madre amorosa, paciente, justa y conocedora de la Palabra de Dios es guía para la formación y educación de los hijos. Pedir a Dios el consejo diario para educarlos es tener la seguridad de que serán hombre rectos y apoyo en la vejez de los padres.

Le doy gracias a Dios por mi hijo; los hijos son bendiciones de Dios que nos llegan por amor.

¿Y tú, educas a tus hijos bajo la Palabra de Dios?